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En el aire bailan las ánimas, que de noche nos pueden ver.

En la calle huele a ivierno,
a tierra mojada,
a sueños e ilusiones en moradas.
A felicidad, a costumbres
a cuentos en las lumbres,
a brillo de inocentes miradas.

En el aire bailan las ánimas,
que de noche nos pueden ver.
Y el viento arrastra palabras
de los que no han de volver.

Recita un suspiro mi nombre,
el mío y el suyo también,
recitamos nuestros nombres:
la cabeza he de torcer.
Torcer y mirarte, mirarnos
mirarnos y no enredarme los pies.
Que para dejarlos clavados:
Fotos y papel.

Y al dejar la mente clara
el suspiro se comienza a perder
a recogerse en mi pálida mirada
y en tú aun más pálida piel.

Se disfuman los atisbos del inverno
de la tierra mojada
de los sueños e ilusiones en moradas
de la felicidad de las costumbres,
de los cuentos y las lumbres,
cesa el brillo de las miradas,
y mientras tanto
siento la vida
ahora huele a vida quemada.


Cristina Diez-Madroñero Manzano
Garbayuela, 13 de diciembre de 2011
Se me van atollando los zapatos y eso que hace ya semanas que no llueve, al menos no desde las nubes.
Sumergida en olores de otras noches paseo. Despacio. La monotonía se clava en mis pasos, el aire me peina el corazón.
Ya se ha marchado el Sol. Cuesta bajo voy. haciendo cosas

triste balada

Descartando lágrimas como hace tiempo,
con la mirada desordenada
perdida en un silencio,
Viendo hipnotizada
como me despeina el viento,
confesando sin decir nada
todo lo que me quema en silencio:

“Yo puedo”
-yo pensaba.
“Yo estoy”
-yo no estaba.
“Yo soy…”
-y estaba equivocada.
Y entre tanto ego
seguía sin enterarme de nada.
Perdiendo mi habitual sosiego
le regalé mares a la almohada.
Rompiendo el hilo del miedo
me descubrí fríamente desconsolada.

Sin paz ni palabras,
con mis losas
y mis viejas amarras,
tuve al fin en cuenta una realidad
que no quiso ser aceptada:
ni por amor
ni por mi cielo
ni por mi voz
ni por mi ego.
Le aullé a la luna
mi extraña fortuna
convertida en triste balada


Cristina Diez-Madroñero Manzano
22 de septiembre de 2011

Hoy es uno de esos días

Esta es una de esas noches en las que es mejor no tocar el cuaderno, porque sabes de sobra que vas a llorar a lágrima viva.
Necesito descansar, desahogarme, contar algo que a nadie le interesa, pero que es así, y me duele y me oprime.
Supongo que la mayoría de nosotros imaginamos, cuando somos pequeños, que si estamos cerca de alguien amado, nada nos puede pasar. Es cuando eres pequeño, y la luz de cuarto se apaga, y todo musita silencio, todo respira incertidumbre, solo tienes la certeza de tu propio ser en la penumbra. Cuando sientes ese nudo en el estómago y asimilas lu oscuro con la soledad y el miedo, es cuando la mano que apaga la luz se aleja. Es ahora que esa mano ya no está que me siento más a oscuras, más en silencio, más perdida, más aterrada y más pequeña. Sí, enana y sola, solísima, que aunque aun queden personas a las que amar, ya se ha apagado , ya cayó el telón y me temo que pocas cosas podrán levantarlo.
No deseo una sola compasión, ni media palabra de ánimo, ni que m…

Solo fue un rato

Quizá surja de aquella mañana la explicación de tantas vallas desde dentro al exterior, de aquel momento que solo yo tengo presente cuando quiero ser, cuando me quieren conocer. Surja de entonces mis espinas, mi miedo a la desnudez, mi miedo a abandonar mi caparazón. Mis miedos en general. Y sí, sin duda fue la estocada agónica a tantos versos que no escribí. Lugar de muchos ratos a solas. Muchos conflictos internos. Muchas cosas que no fui. Muchísimas lágrimas, tantas como versos. Muchísimo rencor, tanto como tiempo. Dolor, heridas, manchas, locura…
Y aunque han pasado los años aun me encierran las viejas verjas. Me agarran las enredaderas de los tobillos hasta abajo. Me devora aun en sueños esa mesa verde y las lágrimas de fuego sobre las baldosas de piedra. Esa voz a mis espaldas refutando su intención, como pié que pisa en tejado de paja. Cuando su voz cesó, escupí la bola del chicle, tomé mis decisiones y avancé. La bola fue aplastada en el suelo, pateada y olvidada. Aun hoy se …

En la sombra de tus zapatos

En la sombra de tus zapatos
Otra vez he vuelto a merodear,
A recontar los cantos viejos
Que en tu orilla me hicieron rodar.
Al arrullo del amor ciego
Frías poesías de cristal,
No se me olvida cuanto te quiero
No se me puede olvidar,
Que estarás si existe en el cielo
Dulce y querida mamá.

Cristina Diez-Madroñero Manzano
11 de marzo de 2011