Entre el humo azul


Llevaba tanto tiempo deseando acariciar su cuerpo que casi ni se atrevía a tocarla. La cera roja rebosaba más allá de los soportes de los candelabros, estropeando aquel precioso mantel verde. La penumbra y el deseo adornaban cada rincón de la angosta estancia. Un suspiro de luz azul, mezclado con el tabaco, entraba por la ventana alumbrando lo más íntimo del alma. Fuera: la noche clara dibujaba un mar embravecido.
Poco a poco se deshizo de la falda. Sus manos se confundían con su pelo; sus nervios: con el halo azul de la ventana. Se extinguió la última candela: se atrevió a deslizar sus manos por los hombros de la joven, a admirar como la blusa resbalaba por ellos.
Fue cuidadoso, tímido e incluso reservado. Él sabía de sobra que la forma en la que un caballero desviste a una mujer dice mucho de sus intenciones (bohemios a parte). Seguía sin creer que balcón de esos ojos azabache fuera solo para él en aquella noche de luna clara. Y quemando su piel sintió tocar el cielo, el Sol y las estrellas, todo en un mismo respirar. Se confesó derrotado y fue a la cocina a por agua y algo de comer para reponer fuerzas. Al volver, de la habitación habían desaparecido la falda, la blusa, un cigarro y aquella hermosa flor del infierno. Precipitándose hacia la puerta la vio en la noche azul. Vio como su deliciosa figura se fundía con la sal azul, la brisa y la espuma del mar, dejándole solo y atormentado. Sintió que el mismo diablo se reía de él: pues le robaba y le daba  cuando creía tener todo y nada. Entonces se hundió en su mesa, como tantas veces, con su tabaco, su pluma y un papel, y se puso a escribir: “Esta es la historia de una mesa, una vela y un mantel. Y dos almas malditas que se chocan para no volverse a ver…”



Cristina Diez-Madroñero Manzano
Garbayuela, 28 de junio de 2012

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