cuando el amor entra en quiebra (10/11/2011)


Fui testigo de esa partitura la vacío. Fui testigo de aquella noche en la arena de la fría playa. Fui testigo del rastro de espumas que dejó el galeón hundido. Fui testigo de la soledad… Soy camino de miedo y enigma de piedad. Soy la astilla en el vacío y la espuma de mar.
¡Que idiota! Pensar que el amor puede curar todo aquello que especté y sufrí. ¡Maldita ilusa, que quiso creer que podía deshacerse de todo ello con solo amar!
Por qué creer, para qué, sino hay nada en el mundo, ni lo más grande, que me pueda apartar de aquella soledad: del miedo.
Levantarse con ánimo y quemar la vida con provecho… Si los golpes que me pego por querer hacerlo son más grandes que el fino hilo que me separa de muerte. Ya de tantas magulladuras se me olvidó la forma de escribir versos. Ya no quiero nada… ¡Abrázame soledad! Que al frío y a las sombras las llevo de la mano. Agárrate que ni el amor podrá contigo, que no. Que sé que eres lo único, a parte de la muerte, que va a estar siempre conmigo, en cada rincón…
No merecen más vidas conocer este dolor, que me reniega a mi odiada apatía, éste, éste mismo, de ver a miles de personas junto a ti y saberte bien solo; aunque digan que les importas: nada importa, porque lo que tú sufres nadie lo puede solucionar.

Cristina Diez-Madroñero Manzano
10 de noviembre de 2011

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