NOCTURNO


Oscura y suave penetra la noche en la ciudad. Dulce y fría como los posos que se elevan desde mi vaso de café. Entre los árboles el otoño ha llegado, pintando sus cabellos de ocres que a veces se tornan en dorados bajo el fino vapor de alguna farola.
Pestañas arriba ruedo entre el murmullo sordo de la gente: me voy haciendo asimétrica; hablan y comprendo que no estoy sola; los vanos de sus palabras no me permiten entenderlos. Hacen que, por momentos, dejen de existir para mi, al tiempo,  yo voy dejando de existir para ellos.
Reflejos azules caen de los cristales sedosos. Destellos que sombrean las estrellas cuando mi corazón, en la anochecida, se enzarza y olvida sus límites. El polvo y el aire cortan los labios de los viandantes, los míos: ya solo se pueden pensar…
Finos hilos de ruidos hacen intuir algunas máquinas a motor. Éstas entonan la nana que hace que la ciudad, poco a poco, vaya quedando dormida. Las notas me tocan y me elevan a su condición de aire y ondas.

Justo en ese momento nocturno, mi mente trae hasta aquí viejos recuerdos por mis oídos  desde mi memoria. Y se desata una tormenta de búhos y colores, y lechuzas que piden vinagre y pan… Me fundo con ellos. Entre los lunares de mi sábanas somos y sentimos como musas aladas, pero, intangibles yo, intangibles ellos, crecemos indescriptibles en la cama. Y desde la ventana a la que me asomo a respirar salimos volando a jugar con el cielo de azabache, terciopelo y azúcar. La luna, felina, nos invita en cada rincón, y baila con nosotros, ¡vaya si baila!, y como cada madrugada, nos traiciona cuando el alba canta su primer resquicio de luz.
Ella se va, y hacia las alcantarillas gotean  las últimas sombras de la urbe, del mismo modo, mi pluma y mi rosa chorrean por mis venas hasta enjaularse de nuevo en mi corazón. Mi cuerpo otra vez se vuelve carne; mis espinas huesos… mi aspecto real se desvanece y la luz cremosa de la mañana me atrapa en éste puñado de fibras y músculos. Otra vez soy mortal. El vaporoso humo de mi forma y mi ser se encarcela en mis frágiles venas. Y me toca ponerme la piel, la escamas, la coraza, la voluntada humana y los miedos. Me toca ponerme nombre y ser algo “reconocible”.
Definitivamente me siento al filo del colchón, y antes de que pueda mirarme, el tono de mi  extensión amorfa, de mi “no figura” de ébano, se esfuma completamente y se pone rosado…
Amanece. Es de día. Y dulce y fría, como el alquiler de compañía, me hundo entre los posos de mi café.

Cristina Diez-Madroñero Manzano
Madrid, 21 de octubre de 2012

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