Tanto ser que lo es todo y nada para nadie.


Un espíritu libre, al que le gusta correr de aquí pa’llá. Un alma inquieta, caprichosa y jovial. Una niña: nada más. La bruma de un regazo. Una mirada que brilla al Sol y a la Luna. Unas manos vivas, llenas de ganas y fugaces. Un pájaro con el buche lleno de ilusiones. Un corazón repleto de indecisiones e inexperiencia. Cuerpo apasionado, formado de lágrimas y vapores de libertad. Plumas de plata, de poesías de poetas que brillan a la luz de mis suspiros. Una boca tocada por el aleteo de mariposas que repiten cantares de libros amarillos. En ella se pega el néctar de cada uno de los labios que pintan viejas postales de enamorados.
Y en el Ser la delicadeza de la seda, de la mueca de una bella durmiente, atrapada en lámparas de aceites de occidente, la cual, espera un susurro del viento salado de otro desamor para comenzar a nacer otra vez. Intocable espíritu, que muere y nace en cenizas de aleteo rojo.
Libre. ¡Tan libre…! Solo. ¡Tan solo…! Preso. ¡Tan preso…! Y cada día que pasa se hace más fugaz e incapturable: como la sombra del viento. Cada noche que fluye se hace más difícil degustar su estela. Con ese brillo tan brillante… tan imposible de capturar…

Tanto ser que lo es todo y nada para nadie.

Cristina Diez-Madroñero Manzano
Garbayuela, 7 de septiembre de 2012

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