¿Y cuántos atardeceres más tenemos, todavía, que mirarnos  a los ojos?
¿Cuántas veces más has de suscitar mi impaciencia para demostrarte que te quiero?
Que sin darme cuenta me estoy encaprichando de ti.
Tu indiferencia se reblandece cada noche que paso entre tus brazos, y estoy empezando a creer, que es justamente eso lo que me ha vuelto loca.
Me toca tu luz cada mañana cuando abro los ojos. Y a veces vigilo distante, abrumada, asustada tal vez, sabiendo que aquí, en tu corazón, soy solo un ave de paso.
Algunas veces trato de evitar que mi piel se desgarre entre tus entrañas, pero no puedo resistir el deseo de quemarme contigo, cuando salgo de noche, en busca, de otra copa de vino.

Madrid, 19 de enero de 2014
Diez-Madroñero.

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