Entonces, justo entonces, en ese preciso instante comprendí que todo aquello solo fue un reflejo, una proyeccion fantasmagórica de sus demonios sobre mis pechos. Ya no era necesario derramar una sola noche más de reflexión sobre el cenicero del escritorio. Cuando las últimas luces doradas de los campos se apagaron, aquella presencia, oscura y tentadora, comenzó a remitirse al lugar del cual nunca debería haber salido.

DM

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