Todo es tan inmediato que nos refugiamos demasiado en palabras que ya están rayadas sobre las piedras. El agravio emana de ellas como cadenas, que nos condenan a perder miradas exquisitas. Juzgamos pues el egoísmo, y no las circunstancias, que tampoco importan. No se trata de obviar el dolor que causaron, no se trata de perdonarlo todo. ¿Se trata, tal vez, de comprender que en ocasiones nuestras piedras también son imperdonables?.

Estamos aquí por un día y el orgullo nos roba más de la mitad.

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