Algunas tarde, solo algunas.

Ramos de jacintos pintaban los aledaños sus ojos. Delataban el movimiento exacerbado de la ansiedad, del no poder ser tan alto como la luna.
Y con la sencillez de un abrazo se perfumaron de candor. Atajó entonces los mares de sus pestañas afirmándose en sí mismo: un mundo interior apasionado no precisa satélites que orbiten a su alrededor.
Luego creí marcharme... pero aun me contemplo algunas tardes adherida a la gravedad de su voz.

Diez-Madroñero
Madrid, 20 enero 2015

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