Andábamos preocupados por la velocidad. No entendíamos el tiempo. Así todo se distorsionaba desaturando los contornos del ritmo. Un cuadro sonoro alentó el futuro: tenía que hacerse de día. Julio, 31. Garbayuela, 17
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Había luz, hacía sombra. El sol pintaba los contornos de los tejados en el suelo. Con finas rayas invisibles la calle estaba seccionada. Había luz, hacía sombra. Todo estaba callado. La paz cruzaba las calles del pueblo. Había luz. Mucha luz, esa luz del verano. Era imposible tener miedo. A pesar de ello, aquella tarde parecía aterradora. Había luz. Mucha luz. Toda la suya y la nuestra. Y la de un sol de verano que acentuaba la sombra de su ausencia
El sueño de la sala del ruido.
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La sala del ruido no tiene paredes. Ni una, ni dos, ni cuatro. Ni tan poco un techo, pero es una sala. No tiene límites, no está fronteada... sin embargo termina en una suerte de borde mágico que unas veces tiene lugar y otras no. Es una nebulosa silente, donde flota un polvo extraño, que antes de ser sacudido por el aire, fue materia sonora. Alguno de sus cachos, incluso, fueron partes de palabras. Nuca puedes saber si alguien abrirá la puerta, si hay puerta o si tiene pomo. Si estás en ella porque otro te mantiene, o eres tú quién la inventa. La sala del ruido es un lugar donde la indiferencia se festeja, porque allí es una amiga amable. Es una reminiscencia de un sueño, una idea perturbadora sobre la que me cuesta extraordinariamente escribir, por más que lo deseo. No consigo arrancarle palabras, porque en la sala del ruido, solo hay eso, ruido. Pero un ruido que no se escucha, que no puede ser oído, y eso la hace efectiva. Es un poco como la vida, pero inventada por otro. La s...
5. segundo invierno. Barcelona 2018
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Sí Madrid, fuimos penitentes. Cirios en su espiga. Y pasábamos la tarde de agosto sentados en los taburetes de un bar de Tirso de Molina. Los cristales en la temprana tarde nos miraban, guardando el tintineo de la furia del asfalto que prendía tras ellos. Tín, tín, tín. Unas monedas en la máquina de tabaco sonaban como una nana cantada por algún transeúnte. Sí Madrid, fuimos penitentes. Éramos el frío de agosto y la serenidad en la ciudad. El cine abría a la cinco de la tarde. Una butaca en la última fila. Esperando un beso, una promesa, y el amor del para siempre, que en él siempre, había de fracasar. Del primer escrito en Madrid, verano de 2014 Al segundo escrito, éste, en Barcelona, en el invierno de 2019, en la cafetería de enfrente de mi casa, porque venía de estudiar y me había dejado las llaves. Ántes de esto, en el cuaderno: una poesía. Después, una teoría sobre las llamas que queman las líneas de código
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Tal vez tenga el silencio, más palabras para nosotras, que todas las que podamos decirnos. Pero tú y yo, luces inquietas, aunque distantes y calladas, estaremos siempre juntas en el ruido. Allí hemos de rozarnos, una y otra vez. En ese silencio que nos tiene. En la pausa de una oración que ama su resonar, en el tronar de unas letras que se borraron de tanto escribirse. Volveremos a vernos en el parpadeo, en la intimidad de los que se entienden, pero nunca lo confiesan, en la oscuridad ciega que apaga la bombilla de un proyector entre imagen e imagen. Entre sueño y susurros En lo infinito, en lo imposible: como el amor de verdad.
Tejidos
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(...) Aun así y por más que lo hagan, siempre se rompe de por medio una distancia insalvable, donde solo coge la admiración, el oidio y el deseo. Poco importa luego si primero vino uno, el otro, o todos a una misma vez: la tragedia ya está allí. En el aire. En el respirar que convencido trata de comprender, de dar una respuesta, y luego otra, y luego otra, y antes esta, y primero, y después... La tragedia se hace carne. Sus manos mojan una imaginación ardiente en la figura intangible del ser. Moribundo de pasiones, silencioso, reflexivo, espejado en sí mismo, en su autoafirmación precisa y complaciente del mundo. Se tornan su cuerpo y su consciencia en un actor enfermado de si mismo y del querer. (...)
Tarde roja
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Tarde callada. Tarde. De contorno ondulado simétrico. Callada Tarde. Lenta, vaga sensación de dispersión y movimiento. Cono de luz en un destello: vibrante aguda, fina aguja que teje los perceptos: malva granate ambar carmesí y un azul oscuro rezagado: tarde en la tarde. Chispa fina de mañana dónde permanecen los álamos pardos parados, lilas, granates y amarillos. Blancos, altos álamos: ramos de fantasía. Tiempo que solo es espacio: cavidades desahuciadas, contorneadas con tinta negra, azul y verde y rojo opacante en su vibrar físico, ocupado: vacío. Saturado. Con cada parpadeo del reloj Milimetrado. En su lugar. Sin movimiento: eso es el tiempo y la tarde. Tarde callada. Callada. Tarde de contorno ondulado rojo, simétrico.
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Extrafísico. Como todo lo que no se escribe, lo que no se dice, lo que no se comparte, lo que no puede verse en su reflexión. Las cosas que se extinguen como algún día nosotros lo haremos, sin dudas ni reclamos. Y así han de ser amadas, calladas, sentidas. Las que solo así, puedan ser, sin pasar por ser materia sonora. Lejos de la fisicidad doliente del estar. Sujetos. A lo razonable
Terminaste el cuadro y le pusiste un marco rojo
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sedimento
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[...] Entender la textura de la cuerda con solo mirarla, comprender la textura del sonido, leer la textura del aire. Y luego tocarla, tocar la cuerda. Rescatar la nota. Invocarla, hasta que todo lo que la rodea la aglutine. A la nota, a la cuerda, al tono, a su entorno. Y se convierta en un unívoco multiplicado, que regrese flotando a todos los unos otros que manejan las partes, que a la vez son unívocas y múltiples de significación, aporías infinitas que no pueden sumarse ni dividirse y aun así se superponen y completan. [...] Diez-Madroñero
LA QUIETUD ES LA MÁXIMA VELOCIDAD ALCANZADA.
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Permanencia y estado de lejanía. Suspensión cromática: blanco. Los volantes rojos
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Del estado de suspensión a la locura. Sustantivos cercanos: los festones de un vestido de volantes Rojos. Volantes. Azules en la escarcha blanca. La margarita. En el rocío de la mañana olorosa, volantes y faldas, y piernas largas. Del estado de suspensión al arrullo incansable de la verbena, chasqueando, tintineo de pasos, y palabras, vasos, Y SUSTANTIVOS CERCANOS. Del estado de suspensión a locura. Y el vacío y el ruido de la verbena, la orquesta, la música, los volantes y los pasos: la luna colgada de una luz de cañón, de colores que marca la estela de la noche viva, y suspendida del halo del humo que la hace visible, transito por ella sin saber por dónde he venido y me caigo. Y sentada en el suelo justo al ras de los zapatos la niña alza la vista y lo ve: volantes, volantes rojos la rodean bailando. Y allí, colgada, en la suspensión de la locura nadie comprende que miran aquellos ...