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Mostrando entradas de 2020
Había luz, hacía sombra. El sol pintaba los contornos de los tejados en el suelo. Con finas rayas invisibles la calle estaba seccionada. Había luz, hacía sombra. Todo estaba callado.  La paz cruzaba las calles del pueblo. Había luz. Mucha luz, esa luz del verano. Era imposible tener miedo. A pesar de ello, aquella tarde parecía aterradora. Había luz. Mucha luz.  Toda la suya y la nuestra. Y la de un sol de verano que acentuaba la sombra de su ausencia

El sueño de la sala del ruido.

La sala del ruido no tiene paredes. Ni una, ni dos, ni cuatro. Ni tan poco un techo, pero es una sala. No tiene límites, no está fronteada... sin embargo termina en una suerte de borde mágico que unas veces tiene lugar y otras no. Es una nebulosa silente, donde flota un polvo extraño, que antes de ser sacudido por el aire, fue materia sonora. Alguno de sus cachos, incluso, fueron partes de palabras. Nuca puedes saber si alguien abrirá la puerta, si hay puerta o si tiene pomo. Si estás en ella porque otro te mantiene, o eres tú quién la inventa.  La sala del ruido es un lugar donde la indiferencia se festeja, porque allí es una amiga amable. Es una reminiscencia de un sueño, una idea perturbadora sobre la que me cuesta extraordinariamente escribir, por más que lo deseo. No consigo arrancarle palabras, porque en la sala del ruido, solo hay eso, ruido. Pero un ruido que no se escucha, que no puede ser oído, y eso la hace efectiva. Es un poco como la vida, pero inventada por otro. La s...
La pintura es psicométrica. Como un fotómetro, pero de estructuras cognitivas 

5. segundo invierno. Barcelona 2018

Sí Madrid, fuimos penitentes. Cirios en su espiga. Y pasábamos la tarde de agosto sentados en los taburetes de un bar de Tirso de Molina. Los cristales en la temprana tarde nos miraban, guardando el tintineo de la furia del asfalto que prendía tras ellos. Tín, tín, tín. Unas monedas en la máquina de tabaco sonaban como una nana cantada por algún transeúnte. Sí Madrid, fuimos penitentes. Éramos el frío de agosto y la serenidad en la ciudad. El cine abría a la cinco de la tarde. Una butaca en la última fila. Esperando un beso, una promesa, y el amor del para siempre, que en él siempre, había de fracasar. Del primer escrito en Madrid, verano de 2014 Al segundo escrito, éste, en Barcelona, en el invierno de 2019, en la cafetería de enfrente de mi casa, porque venía de estudiar y me había dejado las llaves. Ántes de esto, en el cuaderno: una poesía. Después, una teoría sobre las llamas que queman las líneas de código